Discúlpame la hora
Discúlpame la hora, no es pertinente escribirte, pero es que no encuentro camino que haga sentido para perderme y marcharme sin tu rostro pegado al eco de mis manos, aunque nunca logré contemplarlo como lo hubiera querido hacer.
Y te mentiría si dijera que esto no es un martirio: saber que existes, pero no a mi vera, como viento que sacude el sauce.
Amerito escuchar tu voz, incrustándose como vidrio en el castigo de mi penitencia, porque solo en tus canciones hay amor.
Y yo, que odio mi voz, soy capaz de cantarte tres noches y dos días, o recitarte mi vida en tus labios.
Cargo algo muerto en el pecho izquierdo, algo que no logro explicar, pero basta con ver trozos de tu locura para que vuelva a tener vida.
Sabes, esta vez no he dormido. Hace frío en este cuarto y en esta ciudad. Quizás pido mucho con que me arropes y formemos un infierno eterno y, tal como te comentaba, ver tu rostro antes de ir a dormir.
Bien precede la lejanía de mi alma por los pasos que no logro ver que das. Quizás te parezca incómodo mi poema, porque para mí quizás eres mi todo, pero para ti quizás solo sea otro desconocido.